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APACHE, DE ROBERT ALDRICH

Buen film saturado de hermosos colores. La deliciosa Jean Peters y el atlético Burt Lancaster interpretan a dos imposibles apaches de ojos azules, y en el azul de esos ojos se suicida el sentimiento de culpa del hombre blanco y del gringo wasp.  El oficio de Aldrich salva un film vibrante siempre, sin duda no a la altura de sus mejores obras, pero sí bien templado y con notables momentos dramáticos y de intimidad, aunque lo pierde su candoroso final. Y es que, hasta ese final, Apache bien podría haber sido la enésima versión de High Sierra, película grandiosa de Raoul Walsh que él mismo versionó en Juntos hasta la muerte (Colorado Territory, 1949). Pero ese final, donde este indio rebelde se regenera, es improbable. No porque queramos que todos los indios rebeldes mueran en las películas, pobres indios, alguno de vez en cuando debe de regenerarse antes que morir, sino porque Apache ha cometido demasiadas tropelías (y asesinatos de hombres blancos) como para que al final todo acabe de rositas. Quizá lo que pretendían los autores del guión, y más probablemente los productores, era consolar un tanto su conciencia con la contemplación del indio que se regenera y se vuelve “buen salvaje”. La conciencia podrida del triunfador, llena de remordimientos, impuso un mensaje de telefilm de sobremesa, un cuento de hados sin la amargura del fatum y la inquietud que nos produce al contemplarlo a la luz de la trituradora de la Historia.

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